El síndrome del museo en llamas

Una política inicua amenaza con destruirlo todo

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El museo de Rio fue devorado no por las llamas sino por la corrupción y la desidia políticas. RTVE
El museo de Rio fue devorado no por las llamas sino por la corrupción y la desidia políticas. RTVE

El incendio que ha destruido el Museo Nacional de Río de Janeiro es consecuencia directa de una política inicua que amenaza con destruirlo todo en nuestras sociedades democráticas. La imagen del histórico edificio envuelto en llamas que han devorado todo su contenido, es el símbolo universal del resultado de un tipo de acción política corrupto, irresponsable e incompetente, y crea en nosotros el síndrome de que una catástrofe parecida puede acabar no solo con nuestro patrimonio material, sino también con la convivencia y con el progreso social en muchos lugares donde políticos nefastos están aplicando la chispa de su interesada infamia al combustible de los nacionalismos, los separatismos, los supremacismos, el racismo, la xenofobia, la homofobia y la desigualdad.

A cualquier hombre y mujer con un mínimo de sentido cívico y de sensibilidad de cualquier parte del mundo se nos ha encogido el corazón viendo las imágenes del incendio que hace unos días destruyó por completo el Museo Nacional de Rio de Janeiro, una joya que guardaba lo mejor del patrimonio, el arte, la ciencia y la historia natural de Brasil, nada menos que veinte millones de piezas de incalculable valor, y que precisamente este 2018 ha cumplido doscientos años.


Como el museo de Rio, la convivencia ciudadana y el bienestar democrático corren serio peligro por culpa de políticos corruptos, irresponsables e incompetentes.


Ver arder el museo y ver llorar a los brasileños, acongojados por tan espantosa y criminal hecatombe, nos ha hecho a todos sentir que perdíamos algo nuestro, porque el patrimonio de la humanidad, esté donde esté, pertenece a todos los hombres y las mujeres del planeta, y no solo a los actualmente vivos, sino a los que antes lo hicieron posible y también a las generaciones venideras a las que tenemos la obligación de legarlo no solo intacto sino, además, enriquecido.

En un nuevo ejercicio de ingenuidad, la ciudadanía de Brasil y del planeta ha esperado expectante la reacción de los culpables, la respuesta de los políticos, pero nadie ha asumido responsabilidad alguna. Ahora todo son lamentaciones, del presidente de la República para abajo, es decir, de los mismos que podían haber evitado el desastre. Clama al cielo que el museo no tuviera un sistema antiincendios, ni el mínimo mantenimiento de sus sistemas de seguridad, ni la mínima estructura de personal adecuada a la importancia del centro. En un país comido por la corrupción, donde las mordidas detraen fondos millonarios de las inversiones públicas y los gastos sociales, ni siquiera se pagaba con regularidad a los empleados de la limpieza del museo, que en una huelga reciente lo mantuvieron cerrado durante diez días.

¡SOLO 120.000 DÓLARES!

Los responsables políticos habían negado al destruido museo durante los últimos cuatro años los 120.000 miserables dólares que se destinaban anualmente a su mantenimiento. Observe el lector esta cifra. No eran millones, ni decenas de millones, tan solo el equivalente a 100.000 euros de mierda. Y ni siquiera eso quisieron destinar a tan noble fin los responsables de lo que ha terminado ocurriendo. La desidia criminal de los políticos culpables, su incalificable lenidad, su conciencia corrupta ni siquiera les permitió mostrar tampoco el mínimo apoyo al museo en algo tan barato y cívico como estar presentes en su bicentenario. La prensa brasileña ha informado que en las celebraciones de los 200 años del centro, que tuvieron lugar en junio pasado, ni el presidente de la República ni ningún ministro del Gobierno aceptó la invitación para asistir.

El síndrome del museo en llamas debe ponernos en guardia a todos los ciudadanos y ciudadanas de Brasil, de España y de todos los países del mundo, para que no sigamos permitiendo por más tiempo ese tipo de política irresponsable y corrupta que puede destruir lo mejor que tenemos y lo mejor de nosotros y de nuestra convivencia. Hoy, cuando populismos devastadores e incendiarios avanzan incluso en una Europa y en una América que creíamos vacunadas para siempre contra los incendios supremacistas y excluyentes, es más necesaria que nunca la acción responsable y valiente de la ciudadanía, para impedir que tantos políticos irresponsables y miserables, que quieren destruir nuestro patrimonio común, uno de cuyos logros básicos es la justicia y la convivencia democrática, terminen pegando fuego –en un incendio que también los abrasará a ellos, si serán imbéciles- a lo que tanto trabajo nos ha costado levantar.

El síndrome del museo en llamas es algo que todos nosotros, españoles, catalanes, ciudadanos del mundo, debemos tener siempre presente a partir de ahora, si es que habíamos olvidado lo que puede pasar cuando todo se fía a esa parte perversa de la política, que luego, cobarde, no quiere saber nada de lo sucedido.