Politiquitis, la grave enfermedad de España

Muchos ciudadanos y ciudadanas se ponen enfermos cada día viendo las noticias políticas

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España, un país maravilloso, gravemente enfermo de politiquitis. RTVE
España, un país maravilloso, gravemente enfermo de politiquitis. RTVE

Me pongo malo solo de ver, escuchar o leer los informativos. No lo digo yo, que también. Lo dice una mayoría creciente de españoles. Es coger un periódico cualquiera, o ponerse ante el televisor, o encender la radio, y de inmediato aparecen en uno los síntomas de este mal. El principal de ellos es un hartazgo asfixiante y una indignación explosiva contra los políticos y el desastre en que han convertido a un país tan magnífico como España. Del mismo modo que la orquitis es la inflamación de los testículos, la politiquitis es la inflamación de las gónadas políticas y democráticas de la ciudadanía, una enfermedad que avanza imparable en nuestro pais y cuyas consecuencias son imprevisibles.

Vivimos en uno de los mejores países del mundo, pero sufrimos la maldición de una clase política que parece haberse conjurado para destruirlo. Somos el segundo país del mundo por turismo. Construimos trenes, autopistas y energías alternativas por todo el mundo. Fabricamos barcos, coches y aviones para numerosos países. Exportamos una gran variedad de productos manufacturados y agrarios de extraordinaria calidad. Somos pioneros en sanidad. Producimos y exportamos algunas de las tecnologías más avanzadas que se hacen hoy en el mundo. Nuestros artistas son reconocidos mundialmente. Nuestros deportistas lo ganan todo en casi todos los deportes. Tenemos un patrimonio natural variado y maravilloso. Poseemos uno de los mejores patrimonios artístico-monumentales del mundo. Somos herederos de una historia llena de personajes e hitos grandiosos. Nuestros cineastas y actores se codean con los mejores del mundo y son oscarizados con frecuencia. Disfrutamos de un clima estupendo con centenares de días soleados cada año y nuestras costas son un paraíso para nosotros y para millones de visitantes. Nuestra alimentación es de las más variadas y saludables del mundo. Hablamos un idioma compartido por casi 700 millones de personas en todo el planeta… Y sin embargo, el descontento y la ira se han adueñado de la práctica totalidad de la ciudadanía, a pesar de tener todas las condiciones que objetivamente tenemos para ser uno de los países más felices del mundo.


La clase política actual ha inoculado un peligroso virus en la ciudadanía.


A pesar de todas esas condiciones positivas y de muchas más que podría decir, muchos ciudadanos se manifiestan hartos de España e incluso los hay que acarician la idea de marcharse, no para buscar trabajo, sino para buscar paz social y convivencia en armonía. Aquí empieza a hablarse de “exilio emocional”; ciudadanos y ciudadanas que sueñan con vivir, por ejemplo, en un país tan cívico y armonioso como Portugal. Y sabemos de algunos que proyectan seriamente el traslado a dicho país, donde ya viven numerosos españoles. La culpa, claro, no es de España, sino de los políticos que la “dirigen”.

Personas que tienen los suficientes medios materiales y el suficiente grado emocional para ser felices –no digamos los que están en peor situación-, se muestran tristes, irritables, desanimados, desesperanzados, por causa del espectáculo permanente de estos políticos sin altura intelectual ni moral, sin altura de miras, muchas veces sin preparación, sin capacidad de diálogo ni de consenso, dados casi siempre a la trifulca y al lío barriobajero, proclives muchos de ellos al clientelismo, el enchufismo, el amiguismo, el nepotismo y la corrupción, empeñados en algunos territorios en trasnochadas aventuras independentistas, dedicados en esos territorios a erradicar el idioma español –una lengua universal que hablan 1.700 millones como primera o segunda lengua- para sustituirlo por lenguas minoritarias que, en un mundo de 7.500 millones de habitantes, apenas habla un puñado que jamás podría entenderse exclusivamente en esa lengua en ningún lugar del mundo.

Mariano Rajoy, uno de los principales causantes de la enfermedad. RTVE
Mariano Rajoy, uno de los principales causantes de la enfermedad. RTVE

No digo que no haya excepciones y políticos honrados. Tampoco digo que no haya que proteger el euskera, el catalán, el gallego y el bable como bienes imprescindibles de nuestro patrimonio cultural. Pero si observamos el panorama general de lo que pasa, el resultado es demoledor.

LA POLÍTICA ES EL ÚNICO TRATAMIENTO Y CURA

El PP agoniza en una ciénaga de corrupción y dejadez que va a engullirlo próximamente. El PSOE no da señales de ser consciente del momento político y tiene también a algunos de sus principales líderes históricos sentados en el banquillo de los acusados. Podemos se ha convertido en poquísimo tiempo en un partido tan viejo y desnortado como los tradicionales. Ciudadanos, so capa de estadistas de sus líderes más conocidos, practica un populismo rampante cuyas enunciadas fórmulas no tienen una base sólida de estrategia política y económica, y cuya defensa firme de la unidad de España –muy de agradecer, desde luego- esconde otras carencias que se pondrían enseguida de manifiesto si llegase a gobernar. Y de los partidos nacionalistas, sobre todo de los catalanes, mejor no hablar.

Fruto de esta nefasta conjunción de siniestros astrales es el maremágnum de la política española actual, en la que lo prioritario se somete al interés partidario y personal de los dirigentes; la inversión pública se destina a lo superfluo olvidando lo principal, y la administración de los fondos públicos es manifiestamente mejorable; todo cargo público o político que puede robar o aprovecharse del cargo en su beneficio o en el de sus parientes y amigos, roba o se aprovecha; el aventurerismo sin control de unos cuantos pone en peligro la continuidad de una entidad nacional con más de 500 años de vida, la más antigua de Europa y una de las más antiguas del mundo; el idioma español, tan apreciado, valorado y hablado en todo el mundo, se ve relegado cuando no perseguido en ciertos territorios del Estado; la convivencia nacional se hace imposible porque los partidos no solo no se entienden entre ellos sino tampoco dentro de ellos; el diálogo público o es a voces y descalificaciones, o no es; la discrepancia es un raro bien que ninguna formación acepta; la asunción de responsabilidades no existe ni cuando pillan al delincuente público in fraganti; la reacción del cargo político o público pillado en falta o delito es siempre soberbia, prepotente y desafiante; las redes clientelares de los partidos tienden a eternizarse, empezando por los propios representantes y cargos públicos, muchos de los cuales llevan décadas y décadas viviendo del dinero público y la mayoría de los demás aspiran a lo mismo, sin que haya renovación de dirigentes, puestos o cargos…


Solo la verdadera política puede acabar con la politiquitis.


Todo lo expuesto y mucho más, imposible de relacionar aquí por lo cuantioso, ha destruido la apacibilidad de este país, la tranquilidad ciudadana y el sosiego mental de la mayoría. La politiquitis ha contagiado a toda la ciudadanía, una enfermedad grave que se manifiesta en numerosos y preocupantes síntomas incluso físicos: hartazgo, irritabilidad, intolerancia, desdicha, desconfianza en el futuro, insomnio, dolor de cabeza, ansiedad, cansancio del propio país…

Sin embargo, la cura de esta dolencia cada día más grave no es erradicar la política. Todo lo contrario. Solo la política en su más noble sentido etimológico, solo la verdadera política podrá terminar con esta putrefacta infección que ha gangrenado nuestra vida pública y nuestra convivencia social. Para implantar esa política de verdad la ciudadanía tiene la palabra y la capacidad, pero no solo votando una vez cada cuatro años, sino ejerciendo a diario cada cual sus obligaciones como persona, como trabajador, como ciudadano y como célula de esa noble polis que hemos de restaurar entre todos.

En esta nueva etapa de imprescindible cura y regeneración a la que estamos forzosamente abocados van a tener un papel primordial dos colectivos hasta hace poco silenciados y sometidos: las mujeres y los mayores. Solo falta que se incorporen los jóvenes. El proceso parece haber empezado. La simple regeneración ya no basta. Ahora hace falta un verdadero tratamiento de choque, si no queremos que el enfermo colapse.

(José Mª Pagador es escritor, periodista y fundador y director de PROPRONews).