Manifestaciones y movimientos sociales, los nuevos caballos de Pavía

Pensionistas, mujeres, indignados, crecientes olas ciudadanas que amenazan a nuestros líderes

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Los indignados pensionistas rodeando el Congreso. RTVE
Los indignados pensionistas rodeando el Congreso. RTVE

Las manifestaciones que estamos viviendo últimamente se diferencian esencialmente de cuantas las precedieron. Y no solo por su volumen. Su impacto tiene mucho de novedad, sin dejar por eso de traer a la memoria un acontecimiento similar del pasado: cuando el General Pavía invade el Parlamento el 3 de enero de 1847, para poner fin a una República cuyos líderes se habían atrincherado en posiciones discordantes que bloqueaban todo acuerdo.

Xavier Moreno Lara
Xavier Moreno Lara

El gesto del Capitán General del Centro clausurando con sus tropas un agrio debate de los grupos políticos, volvía a reproducirse -desde el fondo del inconsciente colectivo- durante la primera manifestación de los pensionistas en Madrid, cuando su primera línea forcejeó con repetido empeño, para sobrepasar las barreras y el cordón de la policía e invadir el Parlamento. No lo consiguieron físicamente, pero su firmeza resuena desde entonces por todo el edificio -por todo el sistema-, como el disparo de salida de una carrera de regeneración política.

El hecho de que ese intento, lejos de ser un gesto aislado, haya sido llamada poderosa para nuevas concentraciones, con eco en todos los medios de comunicación clásicos y virtuales, nos muestra que la indignación popular ya no se contenta con promesas que vayan a ser negadas luego por los hechos. Lo que denuncia el gesto de este pueblo en marcha -siguiendo a Pavía- es la incompetencia del actual sistema para responder al mandato que la Constitución de Cádiz, expresaba en su Artículo 13: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los ciudadanos que la componen.


La indignación popular ya no se contenta con promesas.


Era cosa natural para ilustrados que seguían a Rousseau: “la igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse”. Los Redactores o Padres de las siguientes Constituciones debieron pensar que el 13 es un número de mal agüero y que hablar de “felicidad” como meta de los políticos tenía mucho de cuadratura del círculo. Y omitieron aquella propuesta de sus colegas de Cádiz… Hoy la reclama la calle.

LAS TRAMPAS DE LA MACROECONOMÍA

Dando la espalda a ese inicial -e ideal- manifiesto sobre el reparto del progreso que recogían los ilustrados de 1808, los políticos que nos gobiernan han encontrado una salida luminosa: la Macroeconomía. Durante los últimos años se ha ido jugando con ese concepto como si tuviera la virtud de ser una panacea, cuando en realidad esconde el logro de un importante beneficio protegido por leyes que le impiden ser colectivo. ¿Cómo puede considerarse positivo -ni en macro ni en micro- un proceso económico que ha hecho que aumente el número de pobres tanto entre los jóvenes sin trabajo o con trabajos precarios, como entre los jubilados, columna decisiva para salvar a este país de la quiebra? Despreciando la advertencia de Rousseau, al Gobierno no le ha importado que hayamos visto aumentar las rentas altas en proporción directa al empobrecimiento de las rentas bajas y de la clase media. Que un rico pueda ser tan opulento como para comprar a otro se ha vuelto hoy práctica en curso con las mil formas que pueden adoptar los contratos basura. Sin dejar a la otra parte, a nuestros jóvenes o parados de edad, otra salida que malvender su desesperanza. Y esta desigualdad no es algo que compete a particulares: toda España se ha empobrecido. Algo que hoy se denuncia también desde instancias económicas europeas.

Las mujeres, en pie de guerra contra el machismo, el patriarcado y ciertas sentencias judiciales. RTVE
Las mujeres, en pie de guerra contra el machismo, el patriarcado y ciertas sentencias judiciales. RTVE

Son muchas las señales que ponen de relieve, de un modo generalizado, que los ciudadanos han perdido la confianza en sus representantes. Por el personalismo de sus líderes; por la ausencia de talento y creatividad que manifiesta la ausencia de leyes que nos acompasen con la marcha de los tiempos, incapaces de dar expresión al sentir popular lo ofenden por su proclividad a la corrupción; por la red de intereses cruzados que han creado en su favor y en el de sus parientes y amigos… Para esto les sobra talento, como evidencian las tan diversas formas de corrupción que han desarrollado. Siendo este, en sí, un gran mal para los intereses del país, lo ha sido doblemente, pues las discusiones entre los partidos con el “y tú más” y los largos debates judiciales, han eclipsado el trabajo de los parlamentarios para proponer y sacar adelante leyes y decretos de mejoren la situación general.

EL PUEBLO RECLAMA UNA REFORMA QUE LO SEA

En su desbordar las calles de las ciudades, los manifestantes -que no han sido convocados por los partidos políticos- van adquiriendo con una creciente claridad la certeza de que el poder de la Nación le corresponde al pueblo, que persistir en sus reclamaciones las reforzará, hasta tanto estas no desemboquen en una reforma profunda de la estructura política que hoy nos gobierna.


Los políticos que nos gobiernan han encontrado una salida luminosa, la Macroeconomía.


Un Parlamento sin mayoría -como el que tenemos- refleja, ante todo, que los votantes querían haber salido de la rutina del bipartidismo, aunque lo hicieron sin apostar fuerte por nuevas formaciones que prometían un horizonte… que también nos ha defraudado a todos. Su novedad más relevante ha sido solo repetir viejas formas de enfrentamiento, como ese anticlericalismo y cambio de nombre de las calles, que recuerda las quemas de las iglesias del 31.

Si he utilizado tintas negras en la descripción de este momento de confrontación política estéril es porque siento también que nuestro pueblo confía en el futuro. Es decir, confía en sí mismo, en la profunda energía que hemos heredado de una Historia cuya grandeza conjuga luces y sombras, pero que tiene fuerza para circunvalar todos los mares -dicho sea en homenaje al 500 aniversario de Elcano y la nave Victoria– y retornar al puerto de la concordia.

Hay que volver al puerto del buen orden. Sin olvidar el viejo guiño de los Ilustrados de Cádiz sobre la felicidad del pueblo, tenemos que apostar por una reforma constitucional de gran calado. Que pode sin miedo esa fronda de intereses de partidos, de grupos, de territorios, de idiomas, de duplicidad de instituciones, de cargos de confianza…, una masa creciente de intereses hacia la que se desvían fondos que deben aplicarse con justicia y talento en unos electores que cada vez se han vuelto más conscientes y seguros en la justicia de sus reclamaciones.

(Xavier Moreno Lara es periodista, escritor y filósofo).

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El prestigioso periodista, filósofo y escritor Xavier Moreno Lara, nuevo colaborador de nuestro periódico

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