Las producciones de Cimarro en el Festival de Mérida, una estafa estética

Una nueva vuelta a lo “popular” olvidando la esencia grecolatina y buscando exclusivamente el “éxito de público”

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Lolita en el Teatro Romano de Mérida. Este es el nivel, con todo nuestro respeto para la artista, que aporta Cimarro un año más.
Lolita en el Teatro Romano de Mérida. Este es el nivel, con todo nuestro respeto para la artista, que aporta Cimarro un año más.

El Festival de Teatro Clásico de Mérida se ha convertido en los últimos años en una estafa estética. El 29 de este mes de junio arranca la 64ª edición bajo la dirección otra vez de Jesús Cimarro. Una vez más, el director y productor vuelve “a ofrecer una actividad de consumo veraniego inadecuada, intranscendente y aburrida para los amantes del arte teatral grecolatino”, a tenor de la programación anunciada, muy alejada de un festival de teatro clásico de altura. De las nueve obras programadas, solamente tres son de autores clásicos y en el programa predominan títulos y nombres de consumo popular. A la espera de los resultados de este año, el autor analiza las ediciones anteriores bajo la responsabilidad de un director que opta siempre por la fórmula facilona de las caras “famosas”, los espectáculos sin complicaciones y el “éxito” de taquilla.

José Manuel Villafaina Muñoz.
José Manuel Villafaina Muñoz.

Cada año, desde que en 2012 se hizo cargo de la organización del Festival Jesús Cimarro, he escrito –seguramente el que más en medios regionales y revistas teatrales nacionales e internacionales- las crónicas de sus seis ediciones (2012-2017), deseando, como en las etapas de otros directores, lo mejor para el evento: que se contribuya en él a promover esa gran fiesta de la grecolatinidad que distinga al Festival por la originalidad y la calidad -y lo eleve por encima de otros grandes festivales- y a estimular la imaginación del artista comprometido que reclama su derecho -y deber- de trascendencia. Sólo me he rebelado contra sus deformaciones -la rutina, el mercantilismo, la manipulación, la aceptación de lo malamente organizado- y contra productores y artistas bastardos que interesadamente pretenden encajonarlo en grotescos esquemas.


La programación ha estado destinada a espectadores atraídos más por el famoseo patrio que por la calidad y el nivel.


Mis artículos y críticas, en su mayoría, no han sido favorables con la gestión de este empresario vasco/madrileño, puesto en tela de juicio de continuo por repetir una actividad de consumo veraniego inadecuada, intranscendente y aburrida para los amantes del arte teatral grecolatino. Su programación, que ha estado destinada a los espectadores atraídos más por el famoseo patrio que por la calidad, ha soportado la estética engañosa de determinadas producciones urdidas con un resabio comercial enfocado para la explotación de representaciones en giras. Estos planteamientos, que trasmiten una imagen de cultureta teatral de intereses -organizada por el avispado Cimarro y consentida en Extremadura por algunos ignorantes políticos culturales-, están íntimamente relacionados con dos interesantes artículos: “La interesada mentira de las cuentas del Festival de Teatro de Mérida”  y “Cimarro se forra con el Festival de Mérida” , publicados no hace mucho en PROPRONews por su director José María Pagador.

Artículos que comparto, pues son ya muchas las ediciones del Festival que no representan ningún avance en la calidad y definición, y muchas las patrañas y lucros de Cimarro, director nombrado a dedo en la etapa del presidente José Antonio Monago (y confirmado a ciegas en la de Guillermo Fernández Vara, manteniendo la privatización) por un Patronato del Festival -carente de asesores artísticos- al que, empero, habría que reconocer, desde sus inicios en 1984, por la perseverancia de las instituciones que lo componen, mimando los presupuestos y las posibilidades de proyección interior y exterior del monumento y sus representaciones grecolatinas, como imagen de la cultura extremeña.

Pagador ha denunciado en estos dos artículos -con precisión y rigor periodístico- las cuentas de un Festival convertido en el negocio millonario de una empresa privada (Pentación, de Cimarro) a costa del dinero público extremeño (en un tiempo de severos recortes presupuestarios en otras actividades culturales importantes) y los interesados anuncios triunfalistas (ridículamente teatralizados cada año por Cimarro en una foto que publican los medios exhibiendo la entrega de un cheque a los presidentes autonómicos de turno) que no se reducen al falso superávit (que en realidad oculta un déficit millonario) sino que se extienden a otras fullerías del evento, como los maquillajes -echados por arrobas- al número de asistencia de espectadores o las arbitrariedades del presunto impacto mediático.


Cimarro fue nombrado a dedo por José Antonio Monago y confirmado a ciegas por Guillermo Fernández Vara, que mantuvo la privatización del Festival.


ESTAFAS, DENUNCIAS, CRÍTICAS

La denuncia de las informaciones de Pagador se suma a la de los artículos que he venido publicando desde 2012, criticando los tejemanejes de Cimarro -perpetrados con variadas maneras engañosas- que resultan difíciles de tragar para quienes conocemos el Festival con implicación en muchas de sus facetas, antes y después de sus inicios en 1984 (cuando se crea el Patronato extremeño). Duras críticas que desde el primer año fueron persistentes con los espectáculos mediocres y, máximamente, con el montaje de los bochornosos Premios Ceres, contubernio de las empresas teatrales Pentación y de su socio catalán Focus intentando acabar con los premios MAX, a sabiendas, influidos por la empresa Animalario y demás amistades de la farándula poco dadas a apoyar el teatro comercial y los modelos empresariales de los citados y, por tanto, nada votantes de sus espectáculos. Premios que fueron acogidos por el ignorante gobierno del PP extremeño de Monago -sin ningún programa teatral- ansioso por obtener el rédito de una prometida publicidad, entelequias altisonantes pseudoculturales de impacto mediático, promovidas para los incautos políticos que aspiran a condecorarse con el fetichismo que irradia de ellas.

A la estafa de los Ceres le dediqué 4 artículos: “Ceremonia de escaparatismo necio en tiempo de crisis” (2012), “Despilfarro y mediocridad” (2013), “Más de lo mismo pero ligeramente mejorado” (2014) y “Una gala para marujas” (2015). Todos ellos cuestionando el disparate de una actividad que “no se había digerido bien como algo lógico de unos premios ajenos ni como política cultural de nuevos gobernantes con un funcionamiento “generosísimo” a golpe de chequera, que sonroja en tiempo de crisis” (dije). Los catetos premios causaron agravio e indignación con ecos de protesta tanto de artistas como del público.

Entre los primeros, con la denuncia hecha por un centenar de profesionales extremeños (Foro de las Artes Escénicas) en la Comisión de Cultura de la Asamblea, evidenciando que en tales premios se derrochaban -sólo en dos horas de una noche- el equivalente al triple del presupuesto asignado a las ayudas a la producción y distribución teatral de toda la Comunidad. Entre los segundos, lo hizo un considerable número de colectivos sociales en la puerta del Teatro Romano (algunos también en las funciones) con abucheos y pancartas como “Es un robo, no es cultura”.

Considerando dichas protestas, que habían sido apoyadas por el portavoz del PSOE, Santos Jorna (tachando de “vergüenza indecente” la gala de los premios), y el gasto altísimo que el PP defendía como “inversión”, cuando en realidad se trataba de un claro acto de propaganda política (escenario televisivo para que las autoridades del PP se hicieran una foto con los actores en las ridículas alfombras rojas) pagada por los maltrechos bolsillos extremeños, el presidente Fernández Vara (que resurgió en las urnas de 2015), con cautela, suprimió los premios en 2016. Pero mantuvo a Cimarro en la dirección del Festival, que ha seguido programando -con la misma desfachatez comercial- muchos espectáculos que nada o muy poco tienen que ver con los procesos de creación, expresión, comunicación y recepción del festival grecolatino.

CIMARRO UTILIZA EL FESTIVAL

Cimarro utiliza gran parte de los presupuestos que maneja del Festival en crear -con su compañía Pentación– determinadas producciones “grecolatinas” que no tienen una justificación estética en el espacio del Teatro Romano. Los llamados “espectáculos estrella”, que son los que más representaciones hacen en el evento (dos semanas) y están montados por su compañía, decepcionan a los amantes del teatro grecolatino porque ven incongruencias artísticas que suponen una estafa -que repercute negativamente de varias maneras- y despojan al Festival de auténtica personalidad grecolatina (requisito valorado en el Patronato desde sus inicios). Son producciones estéticamente pensadas para ser explotadas en las salas teatrales que Cimarro gestiona en Madrid y en giras por el país (asunto por otra parte desfavorable, ya que supone un freno para que el público de la capital y de otros lugares decida desplazarse a ver las funciones en Mérida).

En la escena romana, estos espectáculos de sinuoso negocio teatral resultan poco culturales y mediocres –algunos son muy malos– para lo mucho que cuestan. Mayormente constituyen un teatro comercial hecho con métodos tramposos para atraer a un definido público extremeño y del paquete turístico creado en la atractiva ruta del Museo y Teatro (declarados Patrimonio de la Humanidad) que en su día puso en marcha con éxito la Consejería de Turismo de la Junta. Un público que pudo ser válido si en el escenario romano se hubiese logrado potenciar una programación más rigurosa y estética, que hiciese entender que el teatro tiene que ver con los procesos de transformación, de cambio o de resistencia del tejido social, que no es un subproducto del entretenimiento, sino un lugar de gestación de nuevas formas de pensar, de sentir y de percibir la realidad.

Monago y Vara son los máximos responsables de lo bajo que ha caído el Festival de Mérida. RTVE.
Monago y Vara son los máximos responsables de lo bajo que ha caído el Festival de Mérida. RTVE.

Insistentemente, durante estos 6 años, he evidenciado en mis escritos esta estafa estética de las producciones Cimarro. La ilustro con un par de comentarios publicados:

UN “JULIO CESAR” POCO CONMOVEDOR (59 edición, 2013)

El Festival llega al ecuador con una de sus coproducciones estrella, “Julio Cesar” de Shakespeare, que ya se había representado en Murcia (en mayo), Barcelona y Olmedo (en junio). El montaje para Mérida apenas conmueve, porque en su versión no parece haber un impulso creativo de narrar una buena historia… Tiene bastantes fallos que sólo se pueden entender desde la lógica del negocio teatral… Ese pegote escenográfico de la pantalla como instrumento audiovisual tapando la valva regia, el imponente obelisco junto a una hilera de sillas negras y el vestuario castrense no aportan nada al escenario romano. Sólo pueden valer para otros espacios a la italiana donde la obra tiene planificada su gira… Pero se trasluce también que las debilidades nacen del desconocimiento de los recursos acústicos del espacio romano. La obra está declamada bajo la ligereza de una mala megafonía, en donde el resplandor poético del texto y esa potencia evocadora que amplifica la emoción trágica pierden su eufonía. Los parlamentos se escuchan como una especie de grabación radiofónica que no permite matizar con tersura y tampoco distinguir con claridad a los personajes cuando están estáticos… En la interpretación hay endeblez y heterogeneidad en el trabajo de los actores. Azorín no los dirige con la necesaria elevación del estilo de arte trágico. Sus roles se ven bastante forzados y con clisés… Están desaprovechadas sus cualidades artísticas. Sobre todo les falta organicidad en gestos y movimientos. Movimientos que no están bien milimetrados ni justificados y tampoco bien integrados en el apabullante escenario. También fallan en su técnica vocal que no es depurada en los monólogos. Incluso en algunos los tonos resultan chillones. No destaca ninguno”.

“LA COMEDIA DE LAS MENTIRAS”, INTRASCENDENTE E IMPROCEDENTE VODEVIL (63 edición, 2017)

El telón imaginario del espectáculo “estrella” de la 63 edición se ha levantado repitiendo otro improcedente espectáculo de Pep Antón Gómez. No es la primera vez que el dramaturgo/director catalán irrumpe en el Teatro Romano con proyectos teatrales de tipo comercial basados en comedias clásicas (que él mismo sin reservas ha confesado). Hace tres años “adaptó” y montó “El Eunuco”, donde su autor Terencio y el teatro romano estaban ausentes en un espectáculo que había sustituido el valioso melodrama fársico original por otro del género de la revista vodevilesca banalizada -del caca-pedo-pis y vete a tomar por culo-, más propio de un tipo de teatro de intereses crematísticos, que funciona espléndidamente con espectadores que solo buscan el entretenimiento deparado por las “estrellas” de la tele… En esta ocasión el texto se inspira en diversos personajes y tramas de Plauto para crear un nuevo espectáculo, imitando lo que este autor latino cultivaba tomando como modelo la comedia griega. Pero Gómez, no lo hace desde las variedades de la farsa plautina, crítica con los fundamentos de la moralidad romana, sino desde la comedia vodevilesca que reúne los ingredientes característicos de la superficial temática amorosa, con diálogos y gags de humor frívolo e interpretaciones picantes plagadas de equívocos… En la puesta en escena, Gómez logra sin fisuras una función trepidante con detalles ingeniosos -donde abundan los chistes y otros embrollos graciosos- que los actores, ataviados con una indumentaria de los años 60, transmiten henchidos no de humor sino de comicidad celtibérica en bruto, al estilo televisivo… Pero no nos engañemos, en esta comedia de las mentiras la verdad resultante es que, en la escena, más que el espíritu de Plauto ha estado el de Alfonso Paso (autor intrascendente de comedias “exitosas” de sofás, sólidamente establecido en la época del franquismo). En fin, otra muestra más del teatro agarbanzado, que es lo que solía decir Valle Inclán del teatro comercial.

PRODUCCIONES EXTREMEÑAS MÁS BARATAS Y MEJORES

Sin embargo, la mayoría de producciones extremeñas de teatro, participantes estos seis años, han demostrado conocimiento de lo que debe ser y se debe hacer en el Festival. Sus montajes, hechos con menor presupuesto que los de las producciones Cimarro, han sorprendido –con éxito de crítica y de público- superando a otros foráneos. Ellos se hicieron pensando siempre en Mérida, sabiendo muy bien ajustarse a las posibilidades artísticas del espacio romano que permiten –a lo largo y ancho del monumento- todo un juego de vitalidad dramática, lírica y plástica.

Los espectáculos de “AYAX” y “EDIPO REY” de Teatro del Noctámbulo (Badajoz), “LOS GEMELOS” y “EL CERCO DE NUMANCIA” de Verbo Producciones (Mérida), “HÉRCULES” y “LA BELLA HELENA” de Rodetacón Teatro (Don Benito), “CORIOLANO” de Aran Dramática (Badajoz), “LOS PELÓPIDAS” de Suripanta Teatro (Badajoz), “MARCO AURELIO” de Teatrapo (Villanueva de la Serena), han sido claros ejemplos de calidad y coherencia con lo que un director del famoso festival griego de Epidauro, Alcibíades Margaritis, dijo hace tiempo en Mérida: “hay que experimentar y sólo presentar al público aquello que tiene una justificación en el espacio de la representación”.

(José Manuel Villafaina Muñoz es licenciado en Arte Dramático, actor, director autor, profesor y crítico teatral, con una trayectoria profesional de más de 50 años).

(Próximamente: SOSPECHAS DE AMAÑO EN LA ADJUDICACIÓN DEL FESTIVAL DE MÉRIDA).

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