El laberinto de los sombreros

Una historia loca en Orvieto (Italia), 3.000 años cerca del cielo

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Nuestra colaboradora, posando como una verdadera modelo profesional, con algunos de los sombreros hallados en Orvieto.
Nuestra colaboradora, posando como una verdadera modelo profesional, con algunos de los sombreros hallados en Orvieto.

Tropezarse casualmente con una soberbia colección de sombreros y tocados antiguos de mujer en Orvieto, la bella ciudad de la Umbría italiana, puede que no sea casualidad. Tratar de desentrañar el origen y la historia de ese tesoro es una nueva aventura de nuestra colaboradora y enviada especial, Elisa Blázquez, que todos los otoño/inviernos hace las maletas y se marcha de su Extremadura natal, a pasar esos dos o tres meses en algún lugar lejano donde no hablen su idioma. Esta vez le ha tocado a Orvieto.

¡Qué complicado resulta cambiar las rutinas caseras e instalarte en un lugar desconocido! Es probarlo y empatizar con aquellas viajeras del siglo XIX que, para explorar la entonces misteriosa África, se llevaban el corsé puesto y la bañera en el equipaje. Hoy eso no es necesario, hay tiendas, por si se olvidó algo necesario, y ducha, aunque sea de agua fría, en cualquier rincón del mundo, pero siguen existiendo esas pequeñas diferencias a las que cuesta tanto adaptarse.


Siento una envidia absoluta y malvada por las legendarias exploradoras que arriesgaban su vida, y lo que era incluso peor, su honra, por seguir una pasión.


Llevo casi un mes viviendo en una pequeña localidad de la Umbría italiana, Orvieto, magnífica por su Duomo, apreciada por sus vinos, trascendente por su historia, bella por sus rincones, única por su enclave, misteriosa por su ciudad subterránea.

De todo ello es fácil informarse “googleando” un poco, pero yo quiero hablar de la aventura de lo cotidiano.

Siento una envidia absoluta y malvada por las legendarias exploradoras, esas que arriesgaban su vida, y lo que era incluso peor, su honra, por seguir una pasión, pero la realidad es que ni ahora hay tierras que explorar (corramos un estúpido velo sobre lo sucedido en Sentinel), ni yo tengo el talante, la capacidad, la valentía, ni el más pragmático, pero igualmente necesario, capital económico para hacerlo, pero sí que puedo, desde que me prejubilé, conformarme con lo que llamo mi particular Erasmus.

El magnífico atardecer de Orvieto visto desde la plaza de la casa de la periodista.
El magnífico atardecer de Orvieto visto desde la plaza de la casa de la periodista.

Con esa filosofía abandono en otoño la ciudad donde resido habitualmente, y, durante un par de meses o tres, me acomodo con la única compañía de mi inseparable perro Killer, como una paisana más, en un lugar donde no hablen el mismo idioma que yo.

ORVIETO

Este año elegí Orvieto, y aquí estoy, lidiando con lo desconocido, es decir, averiguar dónde están los interruptores de la vivienda para no andar a tientas, bajar sin peligro la escalera de caracol que une el salón y el dormitorio o encender a la primera la cocina de gas, una reliquia para mí desde que me pasé a la inducción.

Y en unas semanas he aprendido mucho. Me llevo bien con los jubilados del bar Sant’ Andrea, donde desayuno; me hacen gracia los japoneses que acuden todas las tardes a la pequeña plaza que hay en mi puerta, justo al borde del acantilado que bordea la ciudad, para fotografiar el bellísimo atardecer; conozco a los gatos del barrio tanto como los frescos de la iglesia de San Giovenale, cuya fundación se remonta al año 1004 y cuyas campanas me despiertan temprano, y he aprendido a no darme coscorrones con los batientes de la ventana del cuarto de baño.


Lo mejor de todo ha sido el tesoro que encontré el primer día que llovieron chuzos de punta aquí.


También me he extasiado en el impresionante Duomo, quizá una de las catedrales más grandiosas de la arquitectura gótica. He bajado y subido varias veces los 248 escalones del pozo de San Patricio, que con sus 63 metros de profundidad, 13 de ancho y 72 ventanas que horadan de arriba a abajo las entrañas de la colina donde se estableció Orvieto, parece una torre a la que hubieran dado la vuelta y constituye una obra de ingeniería que impacta. Lo mandó construir el papa Clemente VII para abastecer de agua a la ciudad durante uno de los numerosos sitios a los que ha sido sometida en el transcurso de sus 3.000 años de historia, y lo ejecutó Antonio de Sangallo “El Joven”, en 1547. Por su estructura de dos rampas helicoidales por las que subían y bajaban simultáneamente y sin cruzarse los animales camino del manantial situado en lo más profundo, parece que le hubieran ayudado con el diseño los extraterrestres, pero no , es simplemente una obra de ingeniería perfecta. Una obra que muy bien podría haber creado en su fantasía Cornelis Escher en el siglo XX.

EL TESORO DE LOS SOMBREROS

Pero lo mejor de todo ha sido el tesoro que encontré el primer día que llovieron chuzos de punta aquí. Sin nada mejor que hacer, decidí inspeccionar la casa que he alquilado y ¡maravillosa sorpresa!, guardados cuidadosamente en un baúl, encontré una veintena de sombreros y tocados femeninos. Inmediatamente saqué el móvil, puse el modo selfie y uno por uno me los encasqueté para realizar una emocionante sesión de fotos.

Una vez a la semana viene la señora de la limpieza a cambiar las sábanas y pasar la aspiradora, a ella le he preguntado por el origen de los sombreros, dice que la dueña de la casa los colecciona y cree que los compra cuando sale de viaje, pero yo no estoy segura: son todos de la misma talla, lo que me hace pensar que debieron pertenecer a la misma mujer, una hembra salerosa, pequeña y coqueta. Los modelos van desde uno sobrio, negro, con un discreto velito, pasando por uno negro también, pero con plumas blancas y delicadas, un sensacional malva con gran lazo frontal, un curioso verde abombado que parece un gorro de baño sesentero o un elegante beige con adornos azules.

El baúl mostrando parte del tesoro guardado por Killer.
El baúl mostrando parte del tesoro guardado por Killer.

No creo, por tanto, que hayan pertenecido a diferentes mujeres, aseguraría que son de una sola que evolucionó. Una mujer de pueblo que fue avanzando desde la sencillez y la modestia en el vestir a la sofisticación, la elegancia, el refinamiento y la exquisitez más mundana y cosmopolita.

Hace un par de días chapurreando con los jubilados de la cafetería Sant’ Andrea, me contaron que hubo una joven, hace mucho tiempo, que se perdió por los vericuetos del subsuelo de Orvieto, una mujer que siempre llevaba sombrero.

No he dejado de pensar en ella. Velzna la bauticé, en mi fascinación por su enigmática herencia, Velzna, como se llamó la ciudad etrusca que se erigió orgullosa sobre el acantilado volcánico en el Siglo VIII antes de Cristo. La imaginaba aterrada y desorientada por las catacumbas, que el clero y las grandes familias orvietanas llenaron de columbarios, donde las palomas, aves monógamas y de buenas costumbres, volvían después de buscar sustento por los campos de La Umbría.


Los jubilados de la cafetería Sant’Andrea, me contaron que hubo una joven, hace mucho tiempo, que se perdió por los vericuetos del subsuelo de Orvieto, una mujer que siempre llevaba sombrero.


Coste cero para los vecinos de Orvieto, que se alimentaron de palomas en los largos y repetidos asedios que sufrió la ciudad, inexpugnable para un ejército, pero sin espacio para cultivar una simple lechuga. Así, de hambre, fue como murieron los primeros habitantes, los etruscos, sitiados cruelmente por los romanos.

SE LLAMABA AMARANTA

La roca sobre la que Orvieto brilla al amanecer por encima de un lago de niebla, es un laberinto de kilómetros de tierra excavada con escasas y puntuales salidas hacia el abismo. Algún oscuro y silencioso recoveco, pensé, fue la tumba de la propietaria de los sombreros. Y la idea me desazonaba.

Mi casa tiene, como tantas de Orvieto, una cava bajo el suelo de la cocina. Descendí el último tramo de la estrecha escalera de caracol esperando ingenuamente encontrar alguna señal. No la encontré, claro, pero ayer fui a comprar una lámina a la tienda de un artista local, y esas cosas que pasan cuando viajas sola, pegamos la hebra y le conté lo de mi hallazgo.

Me respondió entusiasmado que su abuela la conoció. No se llamaba Velzna sino Amaranta, que significa flor eterna, la que nunca muere, y no desapareció en la húmeda oscuridad de la ciudad subterránea; huyó de un marido hostil a la localidad de Gubbio, en la provincia de Perugia, y allí dio tres vueltas a la fuente con la intención de volverse loca, ya que según la tradición es lo que sucede si se sigue ese ritual. Lo hizo para conseguir la necesaria y valiente insensatez que le permitiera escapar de una vida aburrida y sin alegría, la que le daba un hombre que no la dejaba respirar.

Solo se llevó un sombrero rojo, el que falta en la colección que descubrí, el color que enmarcaría su nueva existencia, cuyo recuerdo dejó encerrado en un baúl de madera.

El misterio de la mujer de los sombreros a veces se hace presente en las calles de Orvieto de manera inesperada.
El misterio de la mujer de los sombreros a veces se hace presente en las calles de Orvieto de manera inesperada.

El mito de la fuente tiene su base de realidad. Su nombre exacto es Fontana del Bargello; su apodo, la Fuente de los Locos, proviene de una leyenda local que cuenta que toda persona que corra tres veces alrededor de ella, enloquece. Los visitantes pueden incluso obtener una licencia, un título de “Matto di Gubbio” (literalmente, “Loco de Gubbio”) al ser ungidos con sus aguas después de dar las tres vueltas alrededor. Eso sí, deben realizar este ritual tradicional con un ciudadano nativo presente. A continuación, puede hacerse con ese certificado que indica que ha adquirido la locura, junto con una ciudadanía de honor, que se vende en las inmediaciones.

Aunque suena descabellado, hay rastros de verdad en la leyenda. Los estudios geológicos de las peculiares formaciones rocosas que rodean Gubbio indican que el área ha sido contaminada por iridio, un metal altamente tóxico, una sustancia química que podría explicar esa extraña tradición de la ciudad y su predilección por la inestabilidad mental. De hecho, la fuente es uno más, dicen las reseñas sobre el pueblo, de los muchos monumentos extraños y misteriosos que merecen una visita

Mañana mismo me voy a Gubbio, daré tres vueltas a la fuente y conseguiré el diploma que me acreditará como loca. Pienso guardarlo como el más preciado de mis recuerdos. Pero primero compraré un sombrero rojo (el que falta) y me lo pondré antes de adentrarme en esa deliciosa locura.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz. Reportaje gráfico de la autora).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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