Indiferente al Régimen

La verdad no la certifican los gritos de los partidarios de cada bando sino los votos que los ciudadanos depositamos en las urnas

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Cada día son más los Tertulianos de los foros de diálogo político que optan por la irritación como refuerzo de argumentos con los que no consiguen la valoración que ellos esperaban. Aunque eso les sucede una y otra vez, no se dan por vencidos y, en lugar de apoyarse en ideas “claras y distintas”, criterio de veracidad que nos propone Descartes, buscan la descalificación del rival con retóricas que rara vez pasan del argumento ad hominem.

Xavier Moreno Lara
Xavier Moreno Lara

Quienes seguimos esas Tertulias por mejorar nuestro conocimiento de lo que pasa estamos cada vez más hartos de ese intento de vendernos como realidad un universo paralelo, cada vez más distante del aquí y ahora. Un universo que no está jerarquizado con respecto a una tabla de valores objetivos, sino en función de la adscripción de los diferentes actores del diálogo tertuliano a una línea sociopolítica. No se discute sobre el valor que puedan tener en sí unos enunciados o unas acciones de los que configuran los programas políticos. En las Tertulias a las que me refiero no entra en juego el valor de los enunciados sostenido por argumentos sino el ataque personal a quienes los cuestionan o rechazan. Es una variante extrema de recurrir el argumento ad hominem cuyo valor rechazan todos los tratados de oratoria. Podía justificarse esta minusvalía retórica del debate por el hecho de que estamos hablando de “Tertulias” y en medios de comunicación cuyos dueños no hacen esfuerzo alguno por disimular en qué trinchera se han apostado.


Se le ocurrió una explicación tan sencilla y convincente como el huevo de Colón: “cada día hay más franquistas”.


¿No ha sido siempre así desde que las Cortes de Cádiz promulgaron nuestra primera Constitución? Evidentemente con situaciones de mayor o menor facilidad para defender ideas liberales, carlistas, isabelinas, incluso cantonalistas o anarquistas. Situaciones de mayor o menor tolerancia que tuvieron su eclipse total con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis y las dictaduras de Primo de Rivera y Franco.

No estoy haciendo un discurso de entretenimiento, aunque ese parece ser el objetivo de las Tertulias. Trasmito mi alarma ante ese desprecio de la realidad hacia el que avanzan esos templos del debate periodístico. Porque supone la sustituir la discusión con ideas claras y distintas por una tergiversación del valor de los hechos que pone de relieve la pérdida generalizada y creciente de la voluntad para dialogar y entendernos con los demás. La sintetiza Jonathan Haid en una expresión tan clara como aterradora: “No estamos diseñados para la verdad, estamos diseñados para lograr la victoria sobre el otro”. El hecho de que Haid y sus libros triunfen como esclarecimiento de ese inconsciente torturado a que nos ha llevado la cultura mosaico cibernética, me sirve de apoyo para entender ese menosprecio de la buena retórica en las Tertulias. Entender, que no compartir: todo lo contrario, lo siento como una amenaza, una agresión a la apuesta por la libertad de opinión que comparto con una mayoría de los ciudadanos.

Me alertó sobre este fenómeno el comentario de uno de esos Tertulianos para justificar por qué el ciudadano sin nombre no compartía su sabia adulación de quienes -como sucedía en su caso personal- se coronan con los laureles de la Izquierda progresista. Se le ocurrió una explicación de los reveses que sufría tan sencilla y convincente como el huevo de Colón: “cada día hay más franquistas”.

CERTIFICADO DE ADHESION AL RÉGIMEN

Para él, eso le liberaba de profundizar en el análisis del por qué muchos votantes rechazaban en las urnas lo que él defendía con tanto calor. Convertía el exigente tablero en el que comentaristas y ciudadanos estamos jugando esa partida de ajedrez que trazó la Transición, en una partida de damas entre niños malcriados. La corrupción, el “y tú más”, el difícil encaje entre los buenos propósitos y la legislación que apoye un mejor reparto de la prosperidad económica y su traducción más equilibrada en la calidad de vida…, son desafíos que no avanzan a base de descalificaciones que, en algunos casos, parecen venir de un inconsciente alérgico a la Historia. La compleja pluralidad de una Nación como la nuestra se reduce de este modo a cruzar blancas y negras. Eso deja al tertuliano enfadado de la escasa penetración de sus diagnósticos la fácil salida de excluir al rival. No deja de ser un retorno a una de las épocas más negativas de nuestra historia cuando la “limpieza de sangre” era un requisito sine qua non para tener la plenitud de derechos. Y no estoy hablando del Siglo de Oro y su miedo a los judaizantes, sino de fechas en las que se exigía un certificado de adhesión, no como título honorífico sino como medio de acceso al trabajo.

Me tropecé con esa barrera cuando, terminada la carrera, acudí al Colegio de Licenciados de mi provincia para conocer los requisitos necesarios para ejercer como profesor. No esperaba ninguna sorpresa pues llevaba en regla mi titulación y, avisado por algún compañero, también las fotos de carnet y el dinero para trámites, que me adelanté a entregar.


A Tierno Galván, Aranguren y García Calvo los detuvieron y desposeyeron de sus cátedras; de nosotros se encargaron los Grises.


¿Todo en orden? Pues no…, me faltaba un requisito fundamental: el Certificado de Adhesión al Régimen. Tenía que acudir al Gobierno Civil y solicitarlo allí. El secretario del Colegio quitó importancia al trámite y se ofreció a acompañarme al Gobierno Civil para hacer la solicitud. Allí me dijeron, muy educadamente, que tendría la respuesta en unos pocos días.

Era el otoño de 1968 y los ecos del Mayo francés no habían tenido en el Campus nada reseñable, nada a la altura de lo que yo había vivido años antes en unos serios choques con la policía en la Complutense. Porque fue en nuestra Facultad, la de Filosofía y Letras, donde se acordó, tras un tenso debate, redactar un memorial de exigencias y llevarlo al Gobierno Civil en una manifestación que encabezaron los profesores Tierno Galván, Aranguren y García Calvo. A ellos los detuvieron y desposeyeron de sus cátedras. De nosotros se encargaron los Grises. Nos habíamos sentado en la calzada y resistimos bien el primer ataque de los chorros de los camiones cisternas. Hasta que sonó un toque de trompeta que dio protagonismo a la caballería…

Tomando unos vinos le contaba aquella historia al Secretario del Colegio y comentamos juntos otros detalles que habían contribuido a que nuestra carrera tuviera mucho de correr literalmente… Mi colega se apresuró a quitarle importancia: aquello había formado parte de nuestros estudios y, además de darles realismo, nos había permitido saber dónde se situaba cada uno de nosotros. Repasamos algunas historias nuestras más personales. Yo había dirigido una revista ciclo estilada que, con el título de La Linterna de Diógenes, buscaba incordiar a los propagandistas de los 25 años de Paz. Viendo lo infructuoso de ir al choque directo, habíamos optado por someternos a la Censura Previa. La carrera ante los Grises había cambiado de estilo: ahora había que colarle al Delegado de Información y Turismo -Cela ocupó ese puesto- algún dato o algún comentario con la disculpa de que era de corte europeísta. Uno de los redactores estaba afiliado al Partido Comunista y llegó el momento en que tuvimos que turnarnos para esconderle en nuestras casas.

¿Habría quedado alguna documentación de aquellos hechos que me perjudicase? No duraron mucho mis temores. Unos días después me llegó por correo el documento solicitado y con él la posibilidad de aceptar el trabajo que me ofrecía un Colegio de la ciudad. Me calificaba con la nota de INDIFERENTE. Para emitirlo se habían limitado a hacer algunas preguntas en la vecindad, muy distinta de la que me había conocido mientras estudiaba en la Complutense. Se daba, además, la circunstancia de que iba a trabajar en Bilbao y por esas fechas estaba vigente el primero de los seis estados de excepción que sufrieron las Provincias Vascongadas. ETA se afianzaba… en las ikastolas…, que no recurrían precisamente a profesores titulados.

Hoy no hay estado de excepción, ni siquiera en Cataluña, que vive una situación de confrontación tratada equívocamente por la confusión que generan quienes recurren a paños calientes para que no se les enfríen las expectativas electorales de su Partido…, olvidando que este perdió la confrontación del 36 por llevar al límite la descalificación del otro.

Pero ¡qué le vamos a hacer! La Historia no figura entre las preferencias de esos Tertulianos, cuya prioridad es que sus discursos virtuales consigan muchos “like”: no dejan de ser un Certificado de Popularidad. En cambio, me atrevo a decir que, si solicitasen un Certificado de Adhesión a la Verdad Histórica, no conseguirían ese valor de la INDIFERENCIA. Porque olvidan que la verdad no la certifican los gritos de los partidarios del bando que sea sino los votos que los ciudadanos depositamos en las urnas.

(Xavier Moreno Lara es periodista, escritor y filósofo).

SOBRE EL AUTOR

El prestigioso periodista, filósofo y escritor Xavier Moreno Lara, nuevo colaborador de nuestro periódico

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