Hoy, Walter González Penelas

Un gran poeta uruguayo al que no hay que olvidar

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Walter, en la solapa de su segundo libro de poemas.
Walter, en la solapa de su segundo libro de poemas.
Un antiguo grabado de Walter González Penelas

Tuve la suerte de conocer a Walter González Penelas, un grandísimo poeta uruguayo al que no hay que olvidar, con el que me carteé y con quien intercambié libros y confidencias junto con otro gran poeta de la misma nacionalidad, Jorge Meretta, durante los años 70 y 80. Walter murió en 1983 y Jorge en 2012. A los dos les decía que éramos poetas de guardia, porque cuando yo me acostaba en España ellos se levantaban al otro lado del mundo para mantener encendida la luz de la poesía. De ambos iremos publicando bellísimos poemas en esta sección. En ambos casos hay que decir que sufren un inexplicable e injusto olvido por parte del mundo literario en lengua española. En un ámbito en el que suele encumbrarse a no pocas medianías, es inconcebible que artistas tan grandes, escritores tan excelsos, apenas merezcan la recordación de unos pocos devotos, cuando su obra debería incluso enseñarse en las escuelas y en las cátedras de literatura en castellano.

WALTER

Walter nació en Montevideo en 1913, de modo que vivió una corta pero intensa vida de 70 años. Sociólogo de profesión, fue catedrático de esta materia en Uruguay, y profesor de Literatura y Lengua Española. Después de su primer libro, Cantos para los fuegos del hombre y de la estrella, publicado en 1937, no fue hasta 1956, casi veinte años más tarde, cuando publica su segundo poemario, Elegías y otros poemas. Luego, en 1959, El perro y la muerte, todos ellos en Uruguay, La escalera, publicado en Argentina, y en 1977, Bosque de espejos, publicado ya en España. Finalmente, en 1979, la colección Angaró de Sevilla le publica sus espléndidos Poemas de amor y otros dolores, del que hemos extraído la maravillosa Elegía número 20, que habla de la muerte de un caballo blanco una noche de luna, y que ofrecemos a nuestros lectores con el mismo temblor que nos recorrió cuando la leímos por primera vez, hace casi cuarenta años.

Walter, en la solapa de su segundo libro de poemas.

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Cuando se ha visto morir…

(Elegía número 20)

Cuando se ha visto morir a un caballo blanco
una noche de luna,
se comprenden la pena, lo extraño de estar vivo
y la dulce inocencia de morirse.
Fue cayendo hasta el fondo de su sombra
bajo el cielo estrellado y duramente
quedó en el tiempo inmóvil de sus ojos
la eternidad con el caballo a solas.
Todo puede ocurrir en lugar
de las cosas que ocurren.
La muerte solamente es ella misma,
con la piel de la luna en este caso
y un caballo con sueño para siempre.
Se tiene corazón, se tienen días,
se anda de pie, se pisan las estrellas
y se dejan palabras en el aire.
El mundo se recorta de la embriaguez del sueño
y todo va quedando como estatua
en el apocalipsis de las uvas…
Pero mueren caballos y manzanas,
se está muriendo uno por momentos,
se va a morir la luna cualquier noche,
distraída de sí, de tanta luna,
de tanto irse con caballos blancos.
Cuando volví más tarde el caballo era sólo
largo puente de ausencia por la noche estrellada
y vi la eternidad en hueso y luna.
Por el río cercano transitaban las aguas.

(Walter González Penelas, poeta uruguayo).