El sueño americano

Ese sueño que fue exportado al resto del mal denominado mundo libre nunca fue ético, sino económico; un oscuro sueño nacido en Wall Street, criado por opacos mandatarios de la política y las finanzas y desarrollado por tiznados especuladores

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Insuperable escena final de la película
Insuperable escena final de la película "El planeta de los simios" (1968).

Si fuese necesario leer un libro cuando su promoción nos lo recomienda o cuando las páginas de los suplementos literarios lo critican, si en realidad fuese necesario hacerlo entonces, ese texto tendría para mí escasas posibilidades de trascender y trascenderme con el curso del tiempo. Otro tanto sucede con la segunda de mis pasiones culturales, el cine. Cuando se me invita a ver una película merced a las propagandas televisivas o desde las páginas de los diarios, desisto de hacerlo. En realidad, yo voy contra la moda. En las manifestaciones culturales, en el ocio, en el vestuario, en el hogar… La moda me incomoda.

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

En el curso de las últimas semanas he dedicado mis madrugadas a colocarme frente al televisor y ver íntegra y por segunda vez la serie The West Wing, traducida en España como El ala oeste de la Casa Blanca. Una serie que ya no está de moda, pues fue emitida por varias cadenas de televisión hace dos decenios. Yo la vi por primera vez quince años atrás; ahora, muy lejos ya del mundanal ruido de lo efímero, con ella he vuelto a disfrutar, a recordar y a aprender.

The West Wing fue una precursora de la historia, de mucho de cuanto aconteció diez años después de su estreno, con el triunfo de un ser humano de raza negra en las elecciones presidenciales estadounidenses. Fue, además, un aluvión de críticas al imperfecto sistema democrático del que pasa por ser el imperio del planeta. Pero también un soplo de brisa innovadora en el cenagoso pantano socioeconómico en el que acostumbra a bogar la política de Estados Unidos y, por refracción, la del resto del mal denominado mundo libre. En la serie, el líder de ese mundo libre es un miembro ilustrado del Partido Demócrata a quien sucede en la Casa Blanca un representante de los erróneamente denominados latinos, un nuevo mandatario que nombra secretario de Estado a su contrincante electoral. He ahí la avanzadilla, la premonición. Porque pocos años después de finalizar esta serie, un ser humano de raza negra alcanzó la presidencia y, además, nombró secretaria de Estado a su adversaria electoral demócrata.


Si aquel país que se jacta todavía de gobernar al mundo mantiene a duras penas un aura de dignidad es gracias al sentido crítico de unos cuantos intelectuales, escritores y artistas. Crítico con su entorno y con ellos mismos.


Pero The West Wing no fue únicamente la adelantada del presente, sino también un serio exponente del sentido crítico que algunos guionistas y productores estadounidenses tienen respecto a su propio país y a los políticos que en él ejercen. La serie permaneció ocho años en antena porque fue un espejo de la realidad, sucia o apabullante, en la que se mueve el mundo, controlado desde ese país al que sus habitantes llaman América, apropiándose así y de paso del nombre de todo un continente, para su uso [su mal uso] y su disfrute.

AL BORDE DE LA TERCERA

En uno de los capítulos postreros, el mundo está al borde de una tercera gran guerra por culpa de un dictador choricero de una ex república soviética limítrofe con China. Llamado el embajador chino a consultas en la Casa Blanca, éste despacha la entrevista con un breve discurso, mordaz y enjundioso: “El capitalismo acabó con el comunismo”, explica, “y ahora ustedes, norteamericanos capitalistas, restringen nuestro mercado” [Una frase hoy aún más actual que entonces, tras las medidas adoptadas por el peor de la clase, Donald Trump].

“Pero ustedes -continúa el embajador- nos han enseñado a los chinos que la libertad es lo mismo que el capitalismo, como si a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad no las aplastara la codicia”. El diplomático se despide de la Casa Blanca con una frase demoledora para los políticos estadounidenses que han sido desde William H. Taft (sucesor de Theodore Roosevelt) hasta Donald Trump: “Su sueño americano es económico, no ético”.

Por eso el planeta está en crisis y por eso ha de cambiar el mundo. Porque el sueño americano que fue exportado al resto del mal denominado mundo libre nunca fue ético, sino económico; un oscuro sueño nacido en Wall Street, criado por opacos mandatarios de la política y las finanzas y desarrollado por tiznados especuladores. Que los guionistas de una serie televisiva surgida en Estados Unidos fueran capaces de escribir esas frases tan rotundas, crueles y verdaderas, resulta encomiable. Si aquel país que se jacta todavía de gobernar al mundo mantiene a duras penas un aura de dignidad es gracias al sentido crítico de unos cuantos intelectuales, escritores y artistas. Crítico con su entorno y con ellos mismos.

Aunque, en verdad, la vieja Europa nunca ha sabido ser tan sincera en los juicios sobre su esplendor y con sus ruinas. Cierto que también ella disfrutó de un sueño tras la Primera Guerra Mundial [un sueño ético y estético], y en él gozó merced a un cúmulo de personajes irrepetibles, pero los albores y los estertores de la Segunda Gran Guerra la despertaron de la quimera con estruendo y violencia. Entonces Europa terminó de ser para conformarse con estar. Y así, sin apenas darse cuenta, haragana e indolente, se dejó absorber por el sueño americano, que era económico, no ético.

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

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