Bomarzo, donde realidad y ficción se confunden

El Parque de los Monstruos guarda el misterio del hombre contradictorio que lo mandó construir en el siglo XVI, pero no pienso volver

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Un lugar fantástico y también fantasmagórico.
Un lugar fantástico y también fantasmagórico.

Hace muchos años, un brillante escritor, Manuel Múgica Laínez, llegó a un extraño jardín en un pequeño pueblo italiano. El pueblo se llama Bomarzo, el jardín es el Sacro Bosco, o Parque de los Monstruos. Dos horas entre esculturas gigantescas, talladas en la piedra viva, en el siglo XVI, le suministraron la suficiente inspiración como para concebir  su mejor novela, Bomarzo, obra cumbre de la literatura. Yo he estado 13 veces y voy a ver si consigo acabar este artículo.

Hace también algunos años, una entonces joven periodista, yo, apareció por Bomarzo. Era mi primer viaje al extranjero. Lo emprendí con un grupo de amigos, en coche y de camping, desde Madrid a Sorrento. Alguien de la expedición se empeñó; acababa de leer la novela y estaba fascinado. De modo que allí nos plantamos. El parque estaba cerrado al público, pero saltamos una valla y en aquella tarde brumosa sentí lo mismo que debió sentir Pier Francesco Orsini, el Duque que lo mandó construir, la primera vez que transitó entre las moles de piedra. Entonces mandó inscribir en una esfinge que custodia la entrada la siguiente leyenda:

Vosotros que entráis aquí, considerad lo que veis y luego decidme si tantas maravillas están hechas por el engaño o por el arte.

El Parque de los Monstruos, data de 1552. Fue un encargo que ejecutaron los arquitectos manieristas Pirro Ligorio y Jacopo Vignola, atendiendo a los extravagantes deseos del propietario. La historia cuenta que estos jardines “grotescos” (del italiano grottesco, por los adornos caprichosos que imitan la fisonomía de las grutas) eran muy del gusto renacentista y que su artífice lo erigió en honor de su esposa, Julia Farnese, muerta en plena juventud.


No me atrevo a recomendar si es mejor leer la novela y después ir al parque, o conocer el parque y luego enfrascarse en su lectura.


La novela es otro nivel. Narra, de manera sublime, algo mucho más interesante fantástico y enigmático. A saber: que el Duque planificó el bosque buscando la inmortalidad que su carta astral le profetizaba, que escenificó entre las piedras y la vegetación salvaje un recorrido brutal y desgarrado por su existencia, cuajada de dolor, desamores y crímenes, consecuencia de la incongruencia entre su exagerada pasión por la belleza y su extrema sensibilidad, encerrada en un cuerpo lisiado y deforme.

No me atrevo a recomendar si es mejor leer la novela, y después ir al parque, o conocer el parque y luego enfrascarse en la lectura. Pero sí aseguro que descubrirlo al atardecer y vagabundear sin rumbo ni prisas entre las cascadas y la espesura es un placer. Y si es en otoño, miel sobre hojuelas.

En el paseo nos flanquean, impávidos desde hace 500 años, Proteo, el pescador que se convirtió en dios marino, un Neptuno displicente y colosal, una mujer dormida, un elefante matando a un soldado, un dragón atacado por un perro, otras figuras mitad hembras, mitad serpientes, o Hércules descuartizando a Caco, hijo del dios Vulcano, todos gigantescos, unos amenazantes, otros ausentes.

El parque estuvo abandonado muchos años, hasta que en 1956 la familia Bettini lo recuperó y lo abrió al público.
El parque estuvo abandonado muchos años, hasta que en 1956 la familia Bettini lo recuperó y lo abrió al público.

Y para rematar este recorrido alucinante, podemos tumbarnos en la fría mesa en la que el Duque resuelve de forma inesperada y cruel la incógnita de su inmortalidad (perdón, acabo de marcarme un spoiler).

UN RITUAL DE 25 AÑOS

Mucho han cambiado las cosas desde que, aquella tarde, descubrí el Sacro Bosco. Ahora hay verjas protectoras, folletos para indicar el camino, una cafetería, una tienda y muchos turistas japoneses retratándose entre las estatuas.

Cada vez que voy, cumplo un ritual, me hago también una foto en el mismo lugar y en la misma postura que la primera vez, hace más de 25 años, debajo de una inscripción que, borrada por el tiempo y la naturaleza, deja solo entrever algunas palabras inconexas… “la cueva…la fuente…pensamientos… oscuros”…


Cada vez que voy, cumplo un ritual: me hago una foto en el mismo lugar y en la misma postura que la primera vez, hace más de 25 años.


Es un ninfeo en el que Laínez situaba la puerta de un pasadizo secreto que comunicaba el palacio con el parque. Un escondite en el que el Duque buscaba la esencia de esa inmortalidad prometida por los astros, un laboratorio. Oculto en las húmedas y oscuras entrañas de la tierra, un agujero de nigromante donde buscar por medio de la magia negra la esencia que impulsaba su amarga vida: no acabarla nunca.

La última vez que estuve, visité antes el palacio. Unos artistas se afanaban en colgar las obras de una exposición de arte contemporáneo. Me imaginaba a Pier Francesco Orsini riéndose de ellos, lo mismo que se reía, hace casi cinco siglos de otros artistas, su corte de nobles y advenedizos, para los que hizo construir una casa inclinada en la que es poner un pie y sentir un mareo digno de un viaje lisérgico.

Un gato rechoncho y legañoso, de los muchos que sestean al sol por las callejuelas del Bomarzo histórico, se encaprichó de mí y me persiguió como una sombra durante todo mi deambular.

La autora, con la esfinge voladora de cola de dragón.
La autora, con la esfinge voladora de cola de dragón.

A la salida, entre los recuerdos a la venta y una vitrina en la que se exponen algunas de las muchas ediciones que se han imprimido de la novela, hay una máquina que imita La Boca de la Verdad, de la iglesia de Santa María in Cosmedin de Roma. Es un juego, metes la mano y te lee el futuro. El gato se encaramó encima y maulló suavemente. Rebusqué en el bolsillo y deposité un euro en la ranura. El artefacto emitió un ruido que, he de confesar, me sobrecogió; enseguida escupió un papel que decía:

No elegimos nuestro destino, él nos elige.

Puedes correr muy lejos y borrar las huellas, pero ¿has escapado realmente?

Lo rocambolesco de la frase me hizo sospechar que sería de algún pensador absurdo y famoso, Paulo Coelho, por ejemplo. Pero inmediatamente busqué en Google -esa piedra filosofal del conocimiento- y comprobé que era de una serie de televisión, “Héroes”, de la que no tenía noticias ni remotamente.

El gato parecía burlarse de mí, y yo no me di por vencida. Saqué otro euro y volví a introducir la mano en la boca, enarbolé el nuevo papel ante el minino, retándole, y él me correspondió con un relampagueo fugaz de sus ojos brillantes, antes de escurrirse hacia  el sombrío jardín. Ya ha comido, pensé, le había dado parte de mi bocadillo, buscaría ahora otro turista que le proporcionara la cena, o quizás estuviera en el Orco de Bomarzo, la tremenda cara, el emblema del parque, esculpida para que, según incida la luz sobre ella, cambie de expresión. Quizá, me repetí, se haya dormido dentro de sus fauces, sobre la mesa de piedra, donde el infeliz y jorobado Duque Orsini encontró una nueva e infinita  vida gracias a la pluma de un gran escritor.

El parque de Bomarzo crea atmósferas inquietantes.
El parque de Bomarzo crea atmósferas inquietantes.

En el nuevo papel leí:

Mira al cielo en una noche clara, y contempla las estrellas. Para cuando su resplandor llegue a ti, muchas estarán muertas y sólo verás su luz.

Murieron hace años, siglos o incluso eones. Sus cuerpos ya no existen, pero su fantasma sigue vivo.

En ese momento tuve la certeza de que el espíritu del Duque de Bomarzo continúa paseando cada noche por entre sus monstruos de piedra.

Y por eso no voy a volver nunca más.

No quiero perturbar la paz de sus eternos dominios.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz. Reportaje gráfico de la autora).

SOBRE LA AUTORA

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