Atila Trump

Con él el mundo corre peligro de holocausto nuclear

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Ilustración ROBERTO NIETO LAVADO
Ilustración ROBERTO NIETO LAVADO

Incluso el otro descerebrado de esta historia, Kim Jong-un, parece tener más seso que él. Donald Trump no solo se ha revelado ya como el peor presidente de la historia, el más fanfarrón, torpe e ignorante no solo de Estados Unidos, sino de todos los países del mundo, sino también como el más peligroso para la paz mundial, excepción hecha de Hitler. Sin embargo, una temida decisión suya puede causar cualquier día la mayor catástrofe bélica que haya conocido el mundo, incluso mucho peor que la del nazismo. En PROPRONEWS abrimos esta nueva subsección, DESMONTRUMP, que mantendremos operativa mientras este tipo sea presidente, participando en esta unánime corriente mundial de voluntades deseosas de parar a Trump.

Medios militares norteamericanos difundieron hace poco su posición claramente: “preferimos una solución diplomática y económica” al desafío de Corea del Norte. Era la respuesta del conglomerado militar de EEUU a las bravatas del presidente Trump, asegurando que arrasaría Corea “con un nivel de fuego y una furia nunca vistos”. Por el momento, la contención que marcan los poderes fácticos norteamericanos, entre los que se incluye el sector más razonable del partido republicano, está sirviendo para desmontar las bravatas de Trump. Incluso los dos expresidentes Bush, republicanos ellos, se han apresurado a censurar al actual cuando este ha equiparado a los neonazis norteamericanos con quienes protestan contra el fascismo rampante que ha emergido al amparo de su retrógrada presidencia.

Pero por todas partes, dentro y fuera de EEUU, es apreciable el aumento de la temperatura del clima de violencia que siempre ha precedido a las grandes confrontaciones civiles y bélicas. Bajo la permisividad, e incluso el aliento de Trump, los supremacistas blancos norteamericanos, los neonazis –parece mentira que los haya en el país al que tantos muertos le costó acabar con el nazismo- han vuelto a cobrar un protagonismo que en este país creíamos perdido para siempre. Por todas partes, dentro y fuera de EEUU, reverdecen síntomas de violencia que las anteriores presidencias norteamericanas habían contenido, si no neutralizado.


Parar a Trump es la prioridad principal en estos momentos.


Ahora mismo se ha enconado de nuevo el contencioso con Irán, cuando todo parecía encarrilado por los acuerdos y las medidas establecidos por Obama, y en un momento en que los moderados avanzan dentro de las estructuras de poder del régimen de los ayatolás. Lo mismo puede decirse de Venezuela, a cuyo dictador Maduro ha insuflado nuevo oxígeno el presidente Trump cuando el venezolano vivía el peor momento de contestación dentro de su país. Amenazar con una intervención militar norteamericana en Venezuela lo único que ha conseguido es reforzar la posición y el poder de Maduro en el interior. Y lo mismo cabe decir del líder norcoreano.

 TIGRE DE PAPEL

En cambio, Trump, a quien en China apodan como “el tigre de papel”, parece haber olvidado sus amenazas al gran país asiático y a Rusia. De las advertencias para que China no prosiga con sus planes expensionistas en el mar del Sur de China ha pasado al silencio, mientras esta expansión prosigue. Lo mismo puede decirse de Rusia, cuya anexión de Crimea es ya un hecho consumado y cuya política expansionista hacia Ucrania y otras exrepúblicas soviéticas sigue estando sobre la mesa. Pero, en primer lugar, China y Rusia son dos potencias de enorme poder con las que Trump nunca se atreverá a pasar de las palabras a los hechos. Y, en segundo lugar, los intereses económicos, declarados o no, del conglomerado Trump en ambos países parecen ser también un seguro para ambos. Sin contar que aún está sin resolver la investigación sobre la implicación de Rusia en la última campaña electoral norteamericana a favor de Trump y en contra de Hillary Clinton; una investigación que, de confirmarse el supuesto más delicado, podría acarrear la destitución de Trump. Muchos norteamericanos confían en que este supuesto llegue a convertirse en realidad. Porque son millones los que piensan que hay que parar a Trump, y que la broma de un hombre como él al frente del país más poderoso del mundo ha llegado demasiado lejos.

 EL PELIGRO DE ATILA

Entretanto, los contrapesos de poder en un país con tanta tradición democrática como EEUU funcionan por el momento. Las grandes medidas anunciadas por Trump en la campaña electoral, y cuya aplicación inaplazable situó en los primeros cien días de su presidencia, prácticamente han pasado al cajón del olvido. Sus arbitrarias decisiones anti-inmigración han sido rechazadas por los tribunales de Justicia y por las ciudades, muchas de las cuales se han negado a perseguir a los inmigrantes sin documentación. El muro que iba a construir en la frontera con México no ha visto ampliar un solo metro, y lo único que se está haciendo es reforzar en algunos puntos la valla que ya existía. De la misma manera, Trump no ha conseguido tumbar el Obamacare, el seguro de salud que garantiza la atención sanitaria al menos a veinte millones de norteamericanos pobres; y no lo ha conseguido ni siquiera contando con la abrumadora mayoría de que dispone en ambas cámaras. Y sus propios aliados en Lejano Oriente, Corea del Sur y Japón, le han advertido muy seriamente para que no tome ninguna decisión militar sobre Corea del Norte sin contar antes con ellos, que son los que tienen que autorizar medidas cuyas consecuencias directas caerían de inmediato sobre las cabezas de sus propios ciudadanos.

Ilustración ROBERTO NIETO LAVADO
Ilustración ROBERTO NIETO LAVADO

A todo esto, el desastre organizativo en la Casa Blanca y en su camarilla más cercana, con incontables ceses, dimisiones, destituciones y escándalos en los pocos meses que lleva como presidente, dice mucho de su capacidad para crear equipos y para liderarlos. Lo que revela este descontrol interno es para echarse a temblar también. Sin embargo, muchos son los observadores en Washington y en Nueva York que están persuadidos de que Trump no se atreverá nunca a pasar de las palabras a los hechos, de las bravatas a los ataques. Lo que ocurre es que en esas situaciones de extrema tensión que él crea o contribuye a crear, cualquier chispazo puede hacer saltar por los aires un polvorín de los muchos que permanecen latentes en diferentes partes del mundo: Irán, Palestina, Afganistán, Países Bálticos, exrepúblicas soviéticas, América Latina y, por supuesto, Corea del Norte, entre otros. Y si eso sucede y Donald se convierte en Atila, será muy difícil parar el desastre y tardará mucho tiempo en volver a crecer la hierba en este desdichado planeta.