Abróchense los cinturones (capítulo 3º)

La mujer que se casó consigo misma

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En este avión pasó todo. HJG
En este avión pasó todo. HJG

La despechada enfermera, después de todo lo sufrido con la infidelidad de su marido, anda calculando ahora si divorciarse o no, según lo que más le convenga pensando en una posible pensión de viudedad. Entretanto, y como hoy hace treinta y cinco años que se casó, ha invitado a las amigas a beber cerveza y luego, desinhibida gracias a los efectos del alcohol, les ha contado el tórrido episodio que vivió en el avión con un negro, en su viaje de regreso de la luna de miel. Advertimos que la novela empieza a no ser apta para menores. El que avisa no es traidor.

        AVENTURAS DE MI AMIGA LA DE LOS AMORES VIRTUALES

Los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos (Marcel Proust. En busca del tiempo perdido)

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Como ya sospecháis, mi amiga, la de los amores virtuales, anda batallando en un pleito por  divorcio,  lo que no es óbice para que cada día aparezca con un modelito sublime y una idea estrambótica. Lo último, un sombrero print leopardo que le debe haber costado una pasta y, ¡agarraos¡, dice ahora que quizás no le convenga arreglar los papeles, porque si muriera su marido, si es ex, no tendría pensión. Se ha quedado de piedra, y lo está  reconsiderando, cuando le hemos hecho ver que cabe, dentro de lo posible, que  sea ella la que fallezca antes, y entonces, si no están divorciados, el que disfrutará de la pensión será él, que además se la fundirá en caprichos para su nueva novia.

Sólo pensarlo le ha puesto de muy mala leche, mala leche mezclada con nostalgia, porque hoy, precisamente, hace treinta y cinco años que se casó.  Como no se atrevía a sobrellevar sola semejante efemérides, nos convocó a beber cerveza de bar en bar, nada que no hagamos día sí y día también, aunque eufemísticamente lo llamemos San Viernes. Y así fue como nos enteramos del  turbador episodio que paso a detallar.

Una boda religiosa y una luna de miel por todo lo alto, como dictaban los cánones de la época, marcaron los inicios de su vida marital, de enlace clase media con posibles. Estados Unidos  y Canadá los destinos elegidos. El tour incluía, si nos atenemos al catálogo de la agencia, la bulliciosa Nueva York, la elegante Boston, los delicados paisajes de Massachusetts, las espectaculares cataratas del Niágara, la lluviosa Quebec, la universitaria Montreal, la neutral Otawa y la cosmopolita Toronto.

De regreso, en el vuelo 724 NY-MAD, ella, y su recién estrenado marido,  ocuparon los asientos 25A y 25B de un DC9,  la también  recién estrenada y flamante adquisición  de la compañía Iberia. En la butaca 25C, completando el trío del lado izquierdo del aparato, se sentó un pedazo de negro de casi dos metros de altura.

Esta era la situación: el apuesto, elegante y buenorro compañero de fila, al lado de la ventanilla, mi amiga en medio, y su marido en el pasillo, porque, aunque bajito y muy joven por entonces, ya estaba regordete y necesitaba espacio. Esa hembra monísima y en plena luna de miel, quedó emparedada entre los dos machos. Empezó  a notarse inquieta, y no era miedo a volar. Conviene aclarar que ella tenía por entonces veinte años recién cumplidos y daba sus primeros pasos en las tareas sexuales. Había follado como una loca, con su también poco experto marido, durante los quince días que llevaban saltando por Norteamérica. Tenía la sensibilidad y la líbido a flor de piel. Ahora recuerda con precisión que aquel gigante moreno la impresionó nada más verlo, pero en el momento en el que se sitúa el relato no se había dado cuenta, aunque su sistema nervioso periférico ya había entrado en alerta roja.

La azafata les trajo una excelente cena (no olvidemos que nos remontamos a los albores de los movidos años 80; se podría decir que viajar a Nueva York era un lujo solo para privilegiados y, por lo tanto, las compañías aéreas se esmeraban sirviendo comida decente). Mi amiga y su regordete se tomaron, además, dos copas de vino y, para rematar, pidieron un poco de champán. Iban calentitos. El poderoso espécimen  de la ventanilla se limitó al agua con gas.

DESPUÉS DEL REFRIGERIO

Después del refrigerio, desde el cuadro de mandos general amortiguaron el nivel de  las luces y repartieron unas mantas para facilitar el descanso de los pasajeros. Mi amiga y su cónyuge se dieron un beso de buenas noches, se cogieron de la manita y cerraron los ojos. En pocos minutos a él se le fue aplacando la respiración, luego se le aflojaron  los dedos y, por último, empezó  a roncar suavemente.

Ella permanecía tensa, incapaz de conciliar el sueño. Se removía desazonada, con los nervios a punto de estallar. De pronto notó  movimientos debajo de la manta, a su izquierda. Tardó  unos minutos  en comprender. El vecino se estaba desabrochando los pantalones y, por lo que podía deducir, se disponía a masturbarse como si estuviera repantigado en el orejero de su salón. Pegó su brazo repleto de bíceps, evidentes bajo la impecable  camisa azul celeste, al de mi amiga, y procedió a frotarse.

Las luces permanecían, lo he comentado, semiapagadas, pero un débil resplandor, proveniente de la iluminación auxiliar del pasillo, dejaba entrever las sombras. Los de atrás, una pareja de mediana edad, se percataron de lo que se cocía y prestaron atención. El negro, lejos de cortarse, despejó  un poco la manta y mostró a medias una herramienta de esas que han hecho famosos a los de su raza en el imaginario sexual de todas las mujeres y hombres del mundo (sea para admirar, sea para envidiar). Mi amiga, excitada por la actividad frenética de las últimas semanas, no quitaba ojo de la entrepierna del pasajero de al lado, su temperatura se disparaba y la onda expansiva debió ser perceptible, porque él le atrapó la mano e intentó que le ayudara en la faena. Ella se resistió, él jadeaba melosamente y le susurraba al oído  “s’il vous plait….s’il vous plait”,  ella se derretía por momentos, él se quitó un zapato y metió sus dedos en uno de los botines de ella. Mi amiga afirma que solo con eso se corrió dos veces.

Sin percatarse de nada, relajado y feliz, el esposo descansaba plácidamente a su derecha.

El  amante improvisado le suplicó con la misma voz arrulladora que fueran al baño a concluir la labor, pero ella se negó con cabezonería. Lo deseaba, había visto la película Emmanuelle. En sus fantasías secretas un polvo en el baño de un avión era obsesión  recurrente, pero su educación de colegio de monjas del Sagrado Corazón de Jesús se lo impidió con la fuerza de unas cadenas. No obstante, y pese a sus firmes, por entonces, convicciones morales, se dejó magrear el pecho, muy exuberante por cierto, y aguantó los gemidos mientras se mordía la lengua y apuraba el placer, con una mano agarrada todavía a la de su traspuesto marido y la otra, ya por fin, rendida y entregada al  enorme pene de su anónimo y lujurioso compañero de trayecto.

Unas horas más tarde la sobrecargo anunció el inminente aterrizaje por el interfono y los ocupantes del DC9 comenzaron a espabilarse entre bostezos, estiramientos y crujir de huesos. Su marido, fresco como  una lechuga, emprendió una animada charla con el acompañante, que confesó ser de Bora Bora, en la Polinesia francesa, residente a la sazón en la City  y en dirección Madrid, para reunirse con unos colegas de negocios.

En el aeropuerto, mientras la cinta daba vueltas sin fin y los tres esperaban pacientemente las maletas,  el cándido recién casado tuvo la ocurrencia  de  grabarle en video para incluirlo en el reportaje que estaba preparando como recordatorio  de su  viaje de luna de miel.

Al fondo aparecía la pareja que los observó primero y los imitó después. Durante muchos años, mi amiga, cuando se sentía nostálgica,  rescataba  la película  de la estantería y la miraba complacida. No prestaba atención a las cataratas del Niágara,  que lucían grandiosas, ni a la llameante puesta de sol filmada desde el  Empire State, ni a la estatua de la  Libertad, recortada contra un cielo azul turquesa. Solo tenía ojos para el hermoso negro que aparecía unos escasos segundos al final, sonriendo tímidamente a la cámara y saludando con un gesto.

Desde que el VHS pasó al baúl de la basura tecnológica ha tenido que conformarse con el recuerdo, pero hoy le hemos comentado que en Foto González, por cinco euros, le pasan el  video a un CD, y ha salido corriendo a por él. Hasta  ha olvidado el sombrero de leopardo encima de un taburete.

Muy mal se le tiene que haber dado la tarde para que no haya acabado haciéndose una paja. Por lo que a mí respecta, a partir de ahora viajaré siempre con mi propia manta.